8 razones por las que te dan miedo los límites (¡aunque sean respetuosos!)

miedo a poner límites

Dime si te ha pasado alguna vez que a la hora de poner un límite a tu hija te has visto preguntándote algo de esto:

  • ¿Esto será positivo o negativo?
  • ¿Estoy siendo demasiado dura? o
  • ¿Me perderá el respeto si no me pongo más firme?
  • ¿Es normal que reaccione así o he hecho algo mal?

Yo sí me he enfrentado a todas estas dudas más de una vez, te lo aseguro. 

Al final, nos bloqueamos, nos enfadamos con nosotras mismas o con nuestras peques, y nos frustramos por no ver la respuesta clara delante de la situación. 

Por eso, quiero compartir contigo lo que he aprendido en estos 6 años y medio de bi-maternidad y cuatro como Asesora de Crianza Respetuosa. Seguro que las razones para encontrar difícil poner límites a nuestros hijos son mucho más variadas que las que propongo aquí. Esta es solo una muestra de las que a mí me parecen algunas de las más frecuentes y de las que he vivido personalmente y he logrado superar.

Miedo a poner límites
Imagen de RobinHiggins rescatada de pixabay.com

1- Nos cuesta reconocer cuando un límite es necesario.

Así que, surge una gran indecisión.

  • “Si lo pongo, ¿seré demasiado estricta?”
  • “Si no lo pongo, ¿le estaré provocando inseguridad o me faltará al respeto?” 

Para evitar este escollo, conviene recordar que los límites han de ser pocos, justos, razonables, adaptados a la edad, explicados (ya sea antes o después, dependiendo de que nos puedan escuchar) y, principalmente, de seguridad (no dañar o poner en peligro a los demás, a mí mismo o al entorno). 

Por supuesto, hay algunos límites de convivencia o de bienestar que suelen tener más que ver con normas, que cuando no se cumplen, nos pueden llevar a tener que poner el límite los adultos como negar otro helado o apagar la tele. Pero todo lo que tenga que ver con normas ha de ser, siempre que sea posible (es decir, salvo emergencia) explicado con antelación e incluso, acordado o consensuado si el peque tiene edad suficiente para llegar a acuerdos. 

Teniendo esto claro, nos asaltarán menos dudas respecto a si somos demasiado estrictas o blandas. “No soy estricta, es que este límite es necesario”. “No soy blanda, es que no hay ninguna razón para poner límites arbitrarios.” 

2- No queremos poner tristes a nuestros hijos.

Queremos verles siempre contentos y alegres. Saber que son felices. ¡Por supuesto! Pero la felicidad no consiste en estar siempre alegre. Incluso las personas felices pasan a lo largo de los días por diferentes estados de ánimo, y todos son necesarios para crecer, aprender y desarrollar resiliencia para disfrutar de la vida con la capacidad de superar las adversidades. Sencillamente, son parte de nuestra condición humana y no vamos a poder evitar siempre a nuestros hijos que vivan emociones que no resultan agradables. Todas las emociones son válidas. Ninguna es negativa de por sí. Cómo te sientes una vez superado el momento de crisis (en paz o con ansiedad, por ejemplo) tiene mucho que ver con la manera en que has transitado por esa emoción:

  • ¿Solo a acompañado?
  • ¿Sintiéndote indefenso o a salvo?
  • ¿Vulnerable o comprendido?
  • ¿Incorrecto o aceptado?

A lo largo de muchas experiencias, todo esto es lo que marca la diferencia y no el evitar toda experiencia no agradable.

3- El miedo a decepcionarlos.

A veces, esto ocurre por nuestra propia inseguridad. Necesitamos tanto que nos acepten los demás, como ellos necesitan que les aceptemos sus adultos de referencia, en primer lugar. Esto puede hacer que intentemos complacerles en todo lo posible. Cosa que, a priori, es algo bueno, siempre que sepamos que a veces no es posible y no pasa nada. No van a querernos menos porque a veces no podamos darles todo lo que quieren. Al contrario, si somos justos y acompañamos sus emociones con empatía, van a respetarnos más y dejarse guiar más por nuestro criterio porque les da seguridad saber que tenemos las cosas “bajo control”.

4- Tememos que ese límite no sea respetuoso.

O más en general, creemos que los límites de por sí, no son respetuosos. De nuevo, tememos ser demasiado autoritarios o directivos. Además, tenemos muchos problemas a la hora de aceptar las emociones de nuestros peques y hay que entender que ante un límite, suele haber malestar. Si intentamos evitar el malestar con explicaciones que no pueden escuchar porque están llorando o desbordados, y aún nos seguimos empeñando en distraer, entretener y, en definitiva, no permitirle vivenciar su emoción, estaremos entrando en un callejón sin salida. Las emociones, sin procesar (sin haber sido transitadas y acompañadas con naturalidad) no se desvanecen solas. Probablemente quedan atrapadas y saldrán en forma de nuevos desbordes que harán que cada vez nos cueste más establecer cualquier límite con tal de evitar “que se ponga así”. Por eso, comprender que permitir las emociones que no nos resultan agradables es perfectamente RESPETUOSO y NECESARIO es el primer paso para perder este miedo. Recuerda que el llanto acompañado es sanador.

5- No siempre distinguimos un límite de un castigo

Y como somos madres respetuosas que no queremos castigar, pues no ponemos el límite. A veces, incluso, límites de seguridad o convivencia como cuando tiran arena de forma insistente en el parque por encima de otros peques pero no la apartamos, sino que la vamos avisando frecuentemente, porque el hecho de no permitir que siga jugando donde desea (o de irnos casa si no hay más remedio) lo percibimos como castigo. Desde luego, agradable no es. Pero puede ser necesario. 

6- Nos produce sentimiento de culpa.

  • ¿Estaré siendo demasiado dura?
  • ¿Le estaré privando de una experiencia vital?
  • ¿Le estaré cortando las alas?
  • ¿Le estaré condicionando demasiado?
  • ¡Está sufriendo por culpa de mi decisión!

Porque SOY YO la que ha decidido que no vea más tele, que no coma ese helado, que nos tenemos que ir a casa AHORA. Está en mis manos decidir otra cosa y evitarle este mal rato. Por lo tanto, como está en mis manos, si no lo evito… ¡ES MI CULPA! Es mi culpa que llore. Es mi culpa que se sienta mal. Es mi culpa que sufra.

7- Ceder es más fácil.

Por cansancio, porque no tienes fuelle para acompañar oootro desborde emocional… Y está bien, no pasa nada. Si no es un límite de seguridad básica, podemos ceder si no tenemos en ese momento las energías o la templanza para lidiar con la consecuencia de poner un límite. Sería poco realista y empático por mi parte decir que hay que hacer todo perfecto todos los días. Somos humanas y hay días que nosotras mismas no podemos más con otro llanto, otra protesta, ¡otro límite! Y ese día pues come tres helados, le ponemos la tele para que no llore porque el pijama de spiderman está para lavar, o se entretiene 20 minutos aplastando nuestro pintalabios…

Solo sería un problema si caemos en una negligencia, lógicamente, y dejamos de velar por su bienestar de forma sistemática o si se convierte en lo normal cambiar el NO por el SÍ constantemente a la primera objeción que nos pongan.

Si hacemos esto último, les estamos enseñando que  “así se piden las cosas”, porque eso les hemos demostrado: que cuando lloran lo suficiente, al final, obtienen lo que querían. Y además, estaremos taponando sus emociones lo que no es saludable.

Sería preferible, entonces, anticiparnos a nuestras propias necesidades, estado de ánimo o cansancio y dar un SÍ de entrada.

8-  Por último, creo que existe un miedo a estar limitando su criterio propio

Su libertad, su creatividad… Queremos que sean lo más libres posible, por supuesto. Queremos que sean seguros de sí mismos y tememos que imponiendo un criterio externo, pierdan seguridad en su voz interna, que les guía y que también es importante. Sin embargo, muchas investigaciones demuestran que un exceso de “libertad” o de permisividad mal entendida, sin tener en cuenta que los niños nos perciben a sus adultos de referencia como guías de forma instintiva y que vivimos en una sociedad donde hay algunas normas básicas de convivencia etc., puede tener el efecto contrario e infundir una mayor inseguridad que la que queremos evitar, dejándoles así ante un abismo. Lo cierto es que si bien los niños y las niñas necesitan pocos límites (bastantes menos de los que suelen tener) también necesitan guía adulta en algunos aspectos para sentirse seguros. No podemos olvidarlo.

¿Con cuál de estos obstáculos te sientes más identificada?

Te confieso que yo, con el miedo a decepcionar a mi niño. A no ser la mejor madre para él. Pero, ¿sabes qué? La mejor madre, la que necesita, también conoce y entiende que ese pequeño ser humano no es un copo de nieve vulnerable, que tiene la capacidad de sobreponerse a las pequeñas adversidades del día con un acompañamiento emocional adecuado, que está aprendiendo en la vida y que su principal guía soy yo.

Texto: Maca Millán

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Maca Millán

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