Castigos: más allá de si funcionan, ¿son beneficiosos o perjudiciales?

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Los castigos, más allá de si funcionan o no funcionan, son perjudiciales.

Seguro que más de una vez habrás escuchado eso de que los castigos “se han puesto toda la vida” y parece que lo de no castigar es una moda de ahora.  Y es que, quienes defienden esa afirmación, también defienden que los castigos “funcionan”.

¿Tú crees que es así?

Castigos y sus efectos

Los castigos pueden ser efectivos para extinguir las conductas indeseadas. Es cierto. El problema, es que además de ser injustos y arbitrarios, utilizar castigos trae otras consecuencias que pueden pasar inadvertidas.

Los castigos se basan en el método conductista que fue probado en animales y según el cual, si recibes un estímulo desagradable de forma repetida tras una determinada conducta, tenderás a procurar no volver a hacerlo para evitar ese estímulo. Esa es la teoría, que una vez probada en humanos en desarrollo, no resulta ser tan sencilla.

La misma regla vale para los premios. Es decir, al llevar a cabo la conducta buscada por la otra persona, obtienes un estímulo agradable que te lleva después a querer repetir esa conducta. De nuevo, no es tan sencillo ni duradero como desearíamos. Y, además, no es inocuo como vamos a ver a continuación.

La realidad es que se ha demostrado que cuando se trata de seres humanos, al aplicar premios y castigos solo modificamos la conducta temporalmente. Por lo tanto, no son efectivos a largo plazo y no existe un aprendizaje real.

Sin embargo, y por encima de que no funcionen, lo que nos debe preocupar más son las consecuencias negativas que acarrean tanto a nivel emocional como de un óptimo desarrollo de la persona.

¿Son beneficiosos o perjudiciales?

Lo que ocurre con los métodos conductistas es que no vamos a la raíz del problema. Si no nos esforzamos por buscar qué es lo que está provocando esa conducta que no queremos que se repita, y nos limitamos a castigar, lo que generamos es un daño a largo plazo:

  • provocamos miedo,
  • ansiedad
  • todo tipo de inseguridades (en su capacidad, valía, instinto…)
  • dañamos la relación de confianza mutua entre ambas partes, al ejercer la persona adulta un abuso de poder.

Ese comportamiento que consideramos inadecuado, o bien es totalmente normal a su edad y lo que nos falta es un conocimiento sobre la etapa de desarrollo en la que se encuentra nuestro hijo o nuestra hija (así como recursos para establecer límites respetuosos cuando sea necesario) o bien es un grito de ayuda. Porque todo comportamiento es comunicación. 

En ocasiones, lo que está ocurriendo es que el niño no actúa bien, porque no se siente bien. Si lo castigamos, aumentamos su malestar, perpetuando el problema. Es posible que a base de castigos logremos extinguir un comportamiento, sí. Pero el malestar generado no se ha resuelto y va a expresarlo de otras maneras:

  • actitud desafiante,
  • baja autoestima,
  • problemas con la comida,
  • agresividad,
  • terrores nocturnos,
  • tics por ansiedad,
  • dificultad para concentrarse…, por poner algunos ejemplos. 

Nosotros como padres, madres y educadores debemos acompañar sus procesos tanto emocionales como de aprendizaje y desarrollo.



Este acompañamiento y guía exigen muchas dosis de paciencia por nuestra parte, de actitud, de escucha activa, de resistir la tentación de hacer juicios y poner etiquetas… 

Sé que es fácil decirlo y muy complicado llevarlo a la práctica en el día a día. Pero también sé que no es imposible y, aunque suene paradójico que use esta palabra, la recompensa es una relación sana con nuestros hijos y su bienestar emocional. Pero a diferencia del conductismo, esta es una recompensa natural. Al igual que hay consecuencias negativas naturales, de las cuales, la vida está llena.

En definitiva, para evitar los castigos, es importante concienciarnos de que son perjudiciales e injustos, que suponen un abuso de poder por nuestra parte y entender que si queremos asegurarnos que una conducta no se vuelva a repetir y que se dé un aprendizaje real, profundo y a largo plazo, nuestra principal misión es que el niño o la niña se sientan comprendidos, queridos y aceptados. 

A partir de aquí, se trata de trabajar en buscar soluciones juntos ante el por qué de esa conducta. Averiguar qué emociones la promueven, cuál es esa necesidad sin cubrir que hay detrás de ese comportamiento y, por supuesto, explicar con honestidad cuáles son nuestras razones para pedirle que haga/no haga aquello que no consideramos adecuado.

Si no es así, las posibilidades de que se repita son bastante altas salvo que hayamos anulado totalmente su voluntad a base de miedo -y estoy segura de que no quieres eso para tus hijos. Lo que ocurre es que muy probablemente lo hará a escondidas. Como decía, su fin ahora es evitar el castigo y nada más. No ha aprendido nada, por lo tanto, si nadie se entera, no tiene ningún motivo para no hacerlo.

Queremos a nuestros hijos e hijas, probablemente, hasta aceptamos lo que son en esencia a pesar que nos empeñemos en “cambiarlos por su bien”; pero la realidad es que no basta con sentirlo nosotros los adultos, tienen que sentirlo ellas y ellos.

Porque hoy te puede parece que sus problemas son irrelevantes para el futuro pero el día de mañana, cuando estén pasando por algún momento difícil o una situación más grave puede que hayan integrado el miedo a acudir a ti, que teman tu reacción y no se atrevan a hacerlo. Porque han aprendido que el error se castiga, que no se permite, que no van a encontrar la comprensión incondicional que necesitan. 

Es ahora el momento de empezar a forjar una relación positiva y una comunicación fluida con tus hijos a través de un acompañamiento emocional saludable totalmente libre de castigos.

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Texto: Gloria Miravalls y Maca Millán

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